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Al llegar al final del sendero, ya en la arena de la playa, nos abrazamos contemplando el mar. Nos dejamos llevar unos minutos, oliendo la brisa marina y oyendo las olas romper en la orilla, por el dulce placer de sentir nuestros cuerpos calientes pegados el uno al otro, sintiendo el deseo crecer e inflamarse en nuestro interior. Yo acariciaba la piel suave y caliente de la espalda desnuda de Silvia, sintiéndola viva y como... no sé, diferente, como si fuera la primera vez que tocaba esa espalda. Nuestros rostros se rozaban sensualmente y pronto nos fundimos en un beso. El roce de nuestros labios se fue intensificando hasta que el beso se hizo intenso, húmedo, cargado de deseo. Nuestras lenguas se buscaron y Silvia introdujo la suya profundamente en mi boca, gimiendo como una gata en celo, al tiempo que frotaba su cuerpo contra el mío y, poseída por el deseo, su mano venía a apretar el bulto que mi pene semierecto provocaba en mi pantalón.